Hace algún tiempo, andaba yo cotilleando en los blogs de mis amigas, cuando encontré un blog, de esos que aparecen en la lista de “blogs aleatorios”, cuyo título me llamó especialmente la atención. No pude evitarlo, y pulsé sobre el título para descubrir de que trataba realmente.
A decir verdad, su contenido no me gustó especialmente, más bien me desagradó. Me hizo sentir mal, afectada… Porque se trataba de uno de los muchos blogs pro-Ana que se esconden en la red.
Por supuesto, hay quien no sabe lo que es Ana. Ana es la palabra clave que usan las anoréxicas para llamar a su enfermedad, igual que la bulimia es denominada Mía. No sé lo que pensará el resto del mundo, pero leer los comentarios de aquella chica, leer cómo se lamentaba de no poder ayunar porque tenía que continuar con su trabajo como bailarina, saber que se odiaba a sí misma por haberse comido más de dos hojas de lechuga en una sola comida, ver sus fotos, su cuerpo y su mente enferma… Todo aquello me hizo tomar conciencia de que realmente esta enfermedad se halla mucho más cerca nuestra de lo que debería.
Lo sé, nos lo han repetido miles de veces, todos nos sabemos perfectamente la definición de anorexia y demás… Pero verlo contado en primera persona es… es distinto. No sé como explicarlo, pero me dejó una sensación de vacío, de inquietud, de… no sé, ¿dolor ajeno? Y, como muchas de las cosas que veo a mi alrededor, me incitó a escribir algo… Aquí lo dejo, y espero que os transmita al menos parte de lo que pudo transmitirme a mí leer aquel blog.
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Como cada mañana, ponerse en pie fue todo un reto. La debilidad se había cebado con su cuerpo, y bastaba con que se moviese un poco más rápido de lo normal para sentirse desfallecer. Pero todo aquello merecía la pena, o al menos era lo que se obsesionaba por repetirse.
La luz del sol incidía por la ventana, pero no se acercó a contemplar el increíble paisaje de las montañas bañadas por la luz, como solía hacer años atrás, cuando, según ella misma, “aún no era consciente de la dureza de la realidad”. Ahora ya no le interesaba nada que no fuese mirarse al espejo y sentirse guapa.
Buscó las zapatillas a tientas, deseando no tener que moverse tanto. Sin duda, si pudiese yacer en la cama durante todo el día, aquel reto sería mucho más fácil. Suspiró mientras se agachaba a por el calzado, y sintió como su respiración se aceleraba. ¿Ya ni eso podía hacer? ¿Tanto había avanzado aquel maldito deterioro físico?
Caminó con lentitud, como la viva imagen de la fragilidad que era, como un alma en pena pálida y escuálida. Se preguntó si los demás habrían notado ya que no era la misma niña de siempre, y recordó las palabras que su ahora antigua mejor amiga había pronunciado para describir lo que le pasaba: “estás enferma”. ¿Enferma? No, claro que no.
Contempló la imagen demacrada que mostraba su espejo, a esa niña rubia de pelo lacio y ojos sin brillo, a esa infancia asesinada por la obsesión por la belleza, a ese ángel desfallecido en decadencia. Su propia imagen le hizo romper a llorar: estaba gorda. Aquellos muslos inmensos, el enorme bulto de su tripa... Toda una serie de formas imaginarias deformaba lo que ella veía, pero nadie podía convencerla de lo contrario.
Entre sollozos, se juró a sí misma que no volvería a probar ni siquiera una hoja de lechuga, como el día anterior. Toda aquella grasa, toda la vergüenza que le producía pasearse con aquel aspecto ante los demás... todo tenía que desaparecer. Sus frágiles rodillas se doblaron, y cayó hacia delante, golpeando el espejo con las palmas abiertas de las manos. No, no, ¡no! Aquella imagen no podía ser la suya, se dijo, mientras su vida naufragaba entre lágrimas.
- ¡Maldita gorda! – chilló, mientras sus puños golpeaban el espejo con desesperación – Maldita, maldita, maldita seas... ¡Desaparece!
El poético ruido del quebrarse el cristal, hermosa metáfora sobre la triste vida hundida de una niña que antaño fue como las demás, apenas se escuchó, ahogado por su llanto. Los pedazos de su espejo, tan roto como su futuro, arañaron sus manos, que seguían golpeándolo mecánicamente...
El mundo nunca sabrá cual era su nombre, pero tampoco es importante. Era otra anoréxica más, una de tantas que no pudieron resistir a la tentación de verse delgadas y hermosas. Otra vida arruinada, otro cuento sin final feliz... Como el que cada día se narra a nuestro alrededor sin que seamos conscientes._____________________
Espero que el tema os resulte interesante. Comentad, por favor! =)